—Además—dijo la señora d'Ornay, joven casada hacía pocos meses,—me imagino que usted no ha leído todo lo de Platel: escribe poco para las señoritas.

—Diana no habla sino por lo que se dice—respondió María Teresa;—sus críticas se refieren a los juicios de los inteligentes y en tales asuntos las opiniones son diversas.

—Pues no es así—interrumpió con viveza Diana,—yo tengo mi opinión personal; he leído, de Platel, El Valle de los Lirios y La Aventura de la señora Tarbes.

—Entonces, si lo has leído, no has comprendido, y viene a ser lo mismo que yo te decía. En cuanto a mí, soy de la opinión de los que, sin haberlo leído, encuentran que tiene talento.

Diana estaba mortificada, pero Mabel d'Ornay triunfaba. Desde el principio de la estación, Max Platel se mostraba muy solícito con ella; la joven estaba envanecida, pues el novelista a un exterior atrayente reunía una reputación lisonjera, y la circunstancia de que se le reconociera talento, aumentaba el mérito de sus atenciones.

—Y nuestro amigo Huberto Martholl ¿cómo es que no se encuentra ya aquí?—preguntó Diana.—Generalmente, cuando nos reunimos él es el primero en llegar.

—¡Ah, sí!—dijo con animación Juana de Blandieres,—tengo muchos deseos de verlo, a ese Huberto Martholl de quien ustedes hablan tanto!

—¿Cómo no conoce usted al hermoso Martholl?

—Estamos aquí desde hace dos días solamente, y hoy es la primera vez que salimos. Hemos traído tanto equipaje que no podíamos encontrar nada de lo que necesitábamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino en traje de viaje.

—¡Naturalmente el exceso de baúles es un estorbo!—repuso Diana.—Si usted no hubiera traído más que uno, encontraba en seguida el vestido que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le hubiera sido presentado, habría usted bailado con él, y hoy sería para usted una relación antigua, mientras que ahora ¿rescatará el tiempo perdido?