—¿Es feo?
—¡No, hasta es hermoso a su modo; no se le podrá reprochar que sea enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio, severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.
—¿Por qué dices eso?—exclamó María Teresa, dirigiéndose a su prima con cierta vehemencia.—Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no está bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Está tan ocupado, que no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no puede realmente tener el aire de un clubman.
—La señorita María Teresa defiende admirablemente a sus amigos—observó Platel;—esto provoca el deseo de aumentar el número de ellos.
María Teresa tendió, sonriéndose, la mano al joven.
—Usted figura en el número, Platel; en efecto, creo ser una buena amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo demás, usted va a conocer a Juan; llega esta noche y pasará algunos días con nosotros. Ustedes podrán apreciar por sí mismos, que es merecedor de todas las simpatías.
—Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma—dijo Huberto Martholl, que no perdía un solo movimiento de la joven.
La conversación fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron hazañas que nadie escuchó, y formaron círculo aparte. Después, cuando los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches, muffins, dulces, té y vino de Madera, todo el mundo se levantó.
Alicia de Blandieres se aproximó a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay, para decirle a ésta, en tono de confidencia:
—¡Oh! querida mía, es exquisito, su Huberto Martholl.