Mabel d'Ornay se echó a reír:

—¡Mi Huberto Martholl! ¡con qué posesivo comprometedor lo califica usted!... ¡Vaya! ¡ya está usted conquistada, mi pobre Alicia! Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jóvenes, nuestro amigo.

Alicia tomó cómicamente la mano de la joven, y sacudiéndola con fuerza:

—¡Qué hermoso ejemplo de desinterés da usted, Mabel, no atesorando sus flirts y poniéndolos a la disposición de sus amigas!

—Pero, si Martholl no es mi flirt—gimió Mabel, mirando con inquietud hacia Max Platel.

—Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar—continuó alegremente Alicia.—Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de llegar primero para plantar la bandera vencedora.

—¡Ah!—exclamó Diana,—¡después de esto, nadie se atreverá a afirmar que la juventud femenina no es colonizadora!

La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrán Gardanne que iba a recibir a Juan, todo el mundo se dispersó, dándose cita para la noche en el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. María Teresa bajó sola poco después; quería estar allí para recibir a Juan.

Algunos días antes, Jaime había escrito, desde Budapesth, que creía que Juan pasaba por una crisis moral, que debían atenderlo un poco, así como debían convidarlo a pasar unos días en Pervenches.

Inmediatamente la joven rogó a su madre que invitase a Juan, y éste aceptó la invitación porque, con el fin de sacudir su preocupación moral, había resuelto visitar por segunda vez las cristalerías de Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobación del señor Aubry.