La hora de la llegada del tren se aproximaba. María Teresa pensó que Juan se alegraría de la prueba de amistad que le daba saliendo a su encuentro. Vería, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa dulce y feliz que tenía siempre cuando la veía.
Después de haber cortado algunas flores en el jardín que rodeaba la casa, se sentó ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado y esperó.
Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque veía con menos frecuencia que antes al compañero de su infancia, le conservaba mucha afección. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven consideraba lejano, le venían a la memoria; pero como el ambiente en que vivía por el momento, hacía predominar en ella las impresiones mundanas, pensó de pronto en lo que su tía había dicho un día, al oír alabar las grandes cualidades de Juan:
—Juan Durand, es quizá un carácter, pero nunca será un hombre de mundo, a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instrucción que le hacen dar.
Para una joven de veinte años, por sensata que sea, el joven que no es un lindo maniquí acicalado, buen bailarín y diestro jinete, pierde mucho de sus méritos.
María Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del ningún valor del juicio de la señora Gardanne, pero a pesar suyo estaba preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distraída el crepúsculo que descendía lentamente hacia la tierra, la idea de la obligación en que se vería de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente. Suspiró con real inquietud.
—¡Con tal que no se le ocurra bailar!—pensó.
En esto su temor era vano. Juan conocía tan bien lo que le faltaba para figurar en sociedad, que se había convertido casi en un salvaje. En un principio se había irritado contra sí mismo. Aislado y solitario después, se desahogaba juzgando fríamente la vaciedad y frivolidad de las palabras y actos mundanos.
El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvió a Teresa la noción del momento presente. Ante la escalinata, Bertrán saltó al suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de ver a la joven. Esta avanzaba hacia él, cordialmente, tendiéndole las manos.
—Gracias, por haber venido... Espero que se quedará algún tiempo con nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aquí no hay que pensar sino en descansar y en divertirse ¿no es verdad?