Juan no contestó en seguida. Al fin consiguió dominarse y con voz casi exenta de vestigios de emoción dijo:
—Usted es demasiado buena en añadir estas palabras de bienvenida a la amable insistencia que han tenido en invitarme el señor y la señora Aubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar; sería hacerme un mal servicio. Mi trabajo es mi sola razón de ser. ¿Para qué serviría yo, si no trabajase?
Al pronunciar estas últimas palabras, Juan no pudo reprimir cierto acento de amargura, como si se burlase de sí mismo. María Teresa notó la ligera tristeza que trascendía a través del aire feliz de su amigo.
—Venga, Juan—le dijo tomándolo por la mano;—voy a conducirlo a su habitación. He elegido la que tiene más linda vista; por la mañana, cuando abra los ojos, verá el mar; eso lo distraerá de los horizontes de la fábrica.
Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, la seguía lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abrió una puerta y mirando a su compañero, dijo:
—Aquí está su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo de todo corazón que sea usted mi prisionero por mucho tiempo.
Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le había tomado para aliviarla, ella arrancó del ramo unas rosas, que le entregó, agregando:
—Tome usted para su boutonnière, y ahora apresúrese, que la campana de la comida sonará dentro de media hora.
—Guardo estas flores porque tienen para mí el mérito de venir de sus manos; pero yo no sabría llevarlas con gracia en mi boutonnière, como sus elegantes amigos; estaría ridículo.
—¿Por qué?—interrogó María Teresa simulando no comprender.—Son ideas que usted se hace; déjeme colocarle las flores...