Al oír a su hija, el rostro del señor Aubry se había oscurecido.
—Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y lo siento mucho. Habría sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido un hijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivar este arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espíritu. Un buen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio y un hombre de acción. Ahí tienes, hija mía, un programa, que seguramente no realizará un cualquiera. ¿No tengo razón, Juan?
Y como Juan aprobase con una inclinación de cabeza, el señor Aubry continuó:
—¡Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le son indiferentes. ¡Ah, no! siente en su alma la misma pasión que yo por el cristal. ¡Cómo nos entendemos! ¡Lo que hemos trabajado juntos al resplandor de los mismos hornos, cáspita! Y es de la raza de aquellos hombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales.
—Usted exagera, señor—respondió Juan;—cristalero, sea, pero caballero, no. ¡Esta denominación le sienta a usted mejor que a mí! Sí, yo amo a nuestra querida cristalería. Solamente que comprendo que no se diviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en las ridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante de personas que ningún interés tienen. Además, aunque el estado de cristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes. Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, ¿qué sería de nosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habría trabajado el cristal sin convicción, en tanto que será un soberbio abogado, bajo su toga. Y podrá sernos útil si tenemos pleitos, él nos defenderá.
—¡Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios. Prefiere las causas sensacionales.
—Yo sé lo que le conviene a Jaime—interrumpió Diana:—un hermoso crimen con un asesino difícil de defender. Lo que hace la reputación de un abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas de resonancia. Se habla más de los que dejan guillotinar a sus clientes, que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime se dedicará a la clientela de la Corte de Asises.
La señora Aubry la interrumpió para dirigirse a Juan.
—Dime, hijo mío, espero que te quedarás con nosotros algunas semanas. Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quiero verdaderamente que pases aquí la estación entera de baños; sé que tendrás gran placer...
—Mi mayor placer es estar con ustedes, señora, usted lo sabe bien; pero el reposo no me conviene. No sé qué hacer cuando no me entrego a mis ocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayor tiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil. Antes de salir de allí, he organizado todo, y para el trabajo corriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No es solamente en previsión de una permanencia en Pervenches, por lo que he tomado estas disposiciones; tengo la intención de volver a visitar las cristalerías de Bohemia. He oído hablar de nuevos procedimientos de fabricación; querría examinarlos, para someterlos a su aprobación, mi querido protector.