—Bien, amigo mío, reconozco ahí tu espíritu de iniciativa; pero por el momento, no veo la necesidad...

—¡Oh! no, tío—exclamó a su vez Bertrán,—no vuelva a caer en sus historias de cristalería. Un poco de paciencia, que pronto vamos a dejarlos solos; entonces podrán conversar libremente y ocuparse de sus negocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos, pero es inútil enterarnos de cómo se hacen. Mi intervención es de mera prudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantes llegaremos a las combinaciones químicas, y como no entendemos nada, ustedes habrán hablado sin provecho para nadie.

—Vaya—dijo Juan festivamente,—no hay nada que hacer, ¡tenemos un mal público!

Cuando se levantaron de la mesa, María Teresa se acercó a Juan y le preguntó si quería acompañarla al Casino.

—Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy a quedarme con su papá. Soy un ser huraño, me gusta poco la sociedad. ¿Cree usted que yo consentiría en darle la molestia de mezclar mi persona a través de sus relaciones balnearias? Tendría que presentarme a sus amigas ¡qué tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincón, usted se creería obligada a dejar a sus amigos para venir a conversar conmigo. Sería, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que me permita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardín, hablando de cosas que nos interesan.

—¿Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad para abandonarnos?

María Teresa fue interrumpida por Diana:

—¡Y bien! ¿cuándo acabarán de hablar en ese rincón los dos? ¿Sabes? son ya las diez... ¿No partiremos nunca, tía?

—Las estoy esperando, hijas mías—respondió la señora Aubry.

—Juan, ayúdeme usted, entonces.