Y María Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur de Irlanda.
Después de haberlo colocado delicadamente sobre los frágiles hombros, Juan retrocedió, diciendo con admiración:
—¡Parece usted una reina, María Teresa!
Ella se sonrió, y le tendió las manos:
—Pero muy pobre reina, pues no sé hacerme obedecer.
Juan la acompañó hasta el coche, donde se hallaban ya la señora Aubry y Diana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendo a través de los árboles, quedó allí inmóvil, como si aquella forma pura y blanca le hubiera arrebatado el espíritu. Sentía ahora no haber ido. ¿Por qué no había querido acompañar a María Teresa al Casino? ¿No era su más grande felicidad verla, estar a su lado? ¡Qué necedad dejar escapar aquellos minutos preciosos en que la habría visto vivir y moverse en aquella decoración de lujo y alegría! Sin embargo, había sido prudente no acompañarla; conocía demasiado, por haberlo experimentado ya, el suplicio de verla en un baile. ¡Qué celos tan espantosos sufría cuando la veía, amable, sonriente, y siempre rodeada de jóvenes! En estas ocasiones se había dado cuenta del estado de su corazón. En un principio, desesperadamente, había tratado de luchar contra aquel sentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconocía el derecho de abrigar. Si bien los años habían transcurrido, modificando su situación y dándole la esperanza de un hermoso porvenir, creía que para los Aubry, él era siempre el niño pobre recogido por caridad. En cuanto a María Teresa ¿no era absurdo esperar el ser a sus ojos jamás otra cosa que un buen empleado, a quien le hacía demasiado honor con atenderlo amablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo más profundo de su ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar el mayor tiempo posible de la presencia querida de María Teresa, y vivía en el temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a un baile o que algún joven desconocido era recibido en casa de los Aubry, Juan, angustiado, se preguntaba:
—¿Será éste quien se la llevará?
Hasta entonces, felizmente, María Teresa se había mostrado difícil, declarando que no se casaría nunca sin conocer bien, apreciar y amar a quien había de ser su marido. A pesar de estas declaraciones de principios, Juan no se hacía muchas ilusiones; sabía que el acontecimiento que él temía, más o menos tarde tendría que producirse, pues María Teresa, rica y linda, reunía todas las condiciones de un brillante partido.
Al salir para Etretat, se había prometido ahogar valerosamente en sí lo que sentía. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volver a ver a la joven, después de una ausencia de dos meses, se dio cuenta de que su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podría ser para ella un simple amigo.
Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el señor Aubry se aproximó a él: