—Y bien, Juan, ¿en qué piensas? Te andaba buscando; la noche está magnífica; vamos a dar una vuelta por el jardín a la claridad de las estrellas.

—Como usted quiera, mi querido señor.

Juan encendió un cigarro, y siguió al señor Aubry.

—A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de un reposo deliciosos. ¡Cómo han crecido estos árboles después de la última vez que vine, hace tres años!

—El hecho es, mi querido amigo, que tú no tomas vacaciones con frecuencia.

—No las necesito todavía; son convenientes para usted, que trabaja desde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para que usted pueda descansar un poco. ¡Lo tiene bien merecido después de haber creado una inmensa fábrica que está hoy en plena prosperidad!... Yo no tengo por qué darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocio que marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fácil; basta ser un trabajador celoso.

—No seas tan modesto, amigo mío; desde luego, un trabajador inteligente es cosa rara; tú sabes cómo lo cuido; tú, además, tienes el espíritu creador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del éxito de tu trabajo. A propósito ¿de qué proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellas criaturas terribles? ¿Decías que querías ver las cristalerías de Bohemia?

—Mi verdadero pensamiento voy a decírselo a usted; nuestra cristalería es única, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejor que nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de los numerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandes desembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de la venta. Recuerde lo que nos costó el tallado en agujas marinas. Creo que si conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos una fabricación de objetos de venta más corriente, podríamos obtener grandes beneficios, que nos ayudarían prodigiosamente a ensayar otras combinaciones químicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma, hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no es nunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Por ejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el ópalo nos han exigido grandes desembolsos; si nos ocurriese cualquier contratiempo, tendríamos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo, sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que corren respecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Se habla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco; habría que tomar, quizá, algunas precauciones. Siempre he temido alguna catástrofe que pudiera repercutir contra nosotros; ¡como lo veo tan confiado a usted!...

Desde que Juan empezó a hablar de la casa Raynaud, el señor Aubry se había puesto inquieto.

—¿Qué me dices? ¡Eso es inverosímil! ¿Estás cierto de tu información? Sería muy grave... ¡Bah! no puedo creer, debe ser algún falso rumor; hay gente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; es una casa sólida la de Raynaud, ¡qué diablos!