—Cuando el furor de la especulación interviene, nunca se está seguro de la solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia, y yo no tengo tanta confianza como usted.
—Tú eres juicioso y de buen consejo, lo sé; es una excelente cosa; pero ¡cáspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no la encuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricaré objetos de venta corriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellas formas. Decididamente, te haces más práctico que yo; tienes el espíritu más comercial, es evidente; estás en el movimiento, y, además, es conveniente que las antiguas casas sean renovadas; tú eres joven, activo, enérgico, y he pensado, con frecuencia, que podías sustituirme... ¡No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mío, cuento contigo para la continuación de mi obra; cuando conocí la defección de mi hijo, una gran tristeza se apoderó de mí; es terrible, sabes, pensar que una casa creada por mí mismo, que contiene toda nuestra vida, ha de pasar a manos extrañas. Y, entretanto, es fatal, después de largos años de labor, la inteligencia se entorpece, la energía se debilita. Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Por eso, sólo después que te he visto en la obra, dejándote en plena libertad, he recuperado la tranquilidad.
—Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fábrica... ¿Qué sería yo sin usted?
—Yo te he formado, sé lo que vales. Seguramente mi colaboración te es útil todavía; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad de dirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que tú estás allí, no temo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre de valer que eres. Tú tienes todas las condiciones que se necesitan para continuar mi obra.
—Mi querido protector, sin usted yo no sería nada.
—Y sin ti yo me convertiría en nada. Desgraciadamente para los hombres de mi carácter, llega un momento en que es imposible producir la misma suma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de una casa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificio construido con tanto trabajo. Así, volviendo a lo que te decía durante la comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprobé la poca afición de Jaime a nuestra industria. ¡Ah! ¡no tiene ese fuego sagrado! ¡Tener en sus manos un negocio como éste, que da, en bueno o mal año, unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarse con ser el hijo de su papá!... ¡En fin! Contigo, sin embargo, la tarea le habría sido fácil... Pero no, no le gusta. Tendría que levantarse temprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se ha preocupado en saber que, aparte de un millón, puesto laboriosamente en un Banco, la fábrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. ¿Qué sería de ellos si yo desapareciese?
Te lo declaro; sólo después que te he visto dirigir las cosas, es cuando he recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. Tú serás el continuador de mi obra. ¡Ah! la realización de mi sueño sería que tú llegases a ser mi hijo a otro título... Pero, esto sólo puedo desearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen el derecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar sus destinos en materia de sentimientos. ¡No importa! para ti, para María Teresa, para mí, este suceso constituiría nuestra mayor felicidad.
Juan, paralizado por indecible emoción, estaba absorto ante aquella revelación; luego tomó una mano del señor Aubry y la estrechó con fuerza, murmurando con voz ahogada:
—¡Oh, gracias, mi querido señor! pero usted tiene razón; ni usted ni yo debemos influir...
Juan, en su profunda turbación, no pudo terminar la frase.