Juan oyó, poco después, abrir la puerta de la verja del jardín. En su estado de espíritu, le habría sido penoso hablar, aunque sólo fuera algunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales, se ocultó en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir la forma blanca y ligera que estaba esperando.

María Teresa y Diana seguían a distancia al señor y la señora Aubry.

Se reían. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana decía en son de burla:

—Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de extrañar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres veces con Huberto Martholl y flirteado con él toda la noche. ¡Vamos, confiesa que te gusta!

En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de María Teresa, llegó hasta Juan:

—Pues sí, lo prefiero a todos los demás, porque baila el boston admirablemente.

Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jóvenes se fueron apagando, se sintió el ruido de las puertas que se cerraban, y luego, poco a poco, reinó el silencio.

Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vagó al azar por las avenidas.

Para él, todo lo que emanaba de María Teresa era grave y razonado; de manera que, lo que acababa de decir, debía ser definitivo, estaba seguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con Huberto Martholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan: estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, María Teresa lo prefería a todos los demás... Para que esto sucediese ¿qué le habría dicho ese hombre? ¿Qué encanto misterioso había ejercido sobre ella? ¡Ah¡ el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan, martirizándolo, enloqueciéndolo hasta el punto de hacerle transformar las simples palabras: «Lo prefiero a todos los demás, porque baila admirablemente el boston,» en una ardiente confesión de amor.

La visión de la inmensa dicha que se cernía sobre Martholl, evocó en el espíritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida, esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en los cabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... la veía así a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo... cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo, sólo encontraba un rostro de mármol. No tenía la expresión dulce de los ojos de María Teresa, sino una mirada fría, severa, que parecía reprochar a Juan la audacia de su evocación.