Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultáneamente lo afligían y le daban vagas esperanzas, recorría el jardín como un loco.
En su paseo incierto llegó cerca de la casa. Un ligero ruido le hizo levantar la cabeza y lo clavó en el suelo; no se atrevía a moverse por temor de hacer crujir la arena bajo sus pies.
María Teresa, antes de desnudarse, abría la ventana de su cuarto para gozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacio estrellado.
Sus cabellos caían, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido; apoyó los brazos sobre la balaustrada del balcón. Iluminada por la luz rojiza de las lámparas del cuarto, y del lado del jardín, por el resplandor pálido de los rayos de la luna, parecía un ser fantástico, de una delicadeza y de un encanto sobrehumanos.
Juan gozó en contemplar aquella aparición, goce intenso y doloroso. En tal momento nada podía serle más cruel. Todas sus dudas se afirmaban. Sentía, con lucidez desesperante, que no eran sólo obstáculos materiales los que lo separaban de ella; la voluntad misma del señor y la señora Aubry no los acercaría; existía entre ella y él una diferencia de raza; la misma sangre no corría por sus venas. Aquella joven elegante y fina, bañada de luz en ese momento, no podía estar destinada a ser su mujer. No obstante, sentía que jamás podría arrancarla de su pensamiento.
El pobre joven, anonadado, no tenía ya más que un solo deseo: ¡ah! ¡si al menos le fuera dado esperar que en la vida de María Teresa, el nombre de Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazón! ¿En qué pensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante sus ojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche había tenido el placer de estrecharla.
Torturado por el sufrimiento, murmuró:
—Es locura, locura, ¡yo debería condenarme a evitarla, a no verla más!
Y ocultó la cara entre sus manos.
Cuando levantó la cabeza, las persianas estaban cerradas.