Antes de tomar asiento, Juan observó que los demás jóvenes hacían prodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que les interesaba. Resignado a su mala suerte, se colocó enfrente de María Teresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercársele. Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella «prefiere, porque baila admirablemente el boston,» pensaba siempre Juan, acosado por la frase oída.
Aislándose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos, que le demacraban el semblante y le endurecían la mirada, seguía con ojos insistentes los menores gestos de Huberto y de María Teresa. A pesar de sus esfuerzos, le dominó el despecho. Estaba seguro: aquél iba a conquistar a la joven, a llevársela. Por vez primera, la veía particularmente interesada en la conversación de su vecino de mesa; parecía estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendo y sin hacer caso a los demás convidados.
Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire de felicidad, y este espectáculo ponía a Juan fuera de sí; se exasperaba tanto más cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspecto distinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareció interminable. Bajo la influencia del malestar moral que sentía, su cólera comprimida llegó al más alto grado de intensidad; comprendía cuán superflua era su presencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corría el riesgo de ser ridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos.
Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos a las barrancas y otros a la playa.
Juan, no sabiendo qué hacer, siguió a distancia a María Teresa; sus amigas la llevaban hacia la orilla del mar.
La joven, una vez que miró para atrás, reparó en Juan; la expresión dolorosa de su semblante la impresionó, se detuvo para darle tiempo a que la alcanzase y le dijo entonces:
—Las barrancas de Saint Jouin son magníficas. ¿No es verdad, amigo mío?
—¿Cree usted?... Sí, quizá son muy hermosas, pero es una decoración inútil.
—¿Por qué? nada de lo que es hermoso es inútil...
—¿Realmente? ¡Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con los ojos y con el corazón...