Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que habían preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta, declararon que no tenían la intención de volver tan temprano a Etretat, que querían comer en Saint Jouin, y bailar después en la vasta pieza alfombrada de césped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de las curiosidades artísticas de la hostería. El proyecto fue aceptado, y el desgraciado Juan que no podía eludir este programa improvisado, tuvo que resignarse a ver exasperarse su suplicio.
María Teresa se había divertido mucho en el curso de su paseo accidentado. Huberto no se había separado de ella un momento. Sentía una secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven, que Diana y Alicia de Blandieres se habían disputado. Al ver el desconcierto de las dos jóvenes, cada vez que Huberto las dejaba para reunirse con ella, una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios.
La impresión que le hicieron las palabras de Juan se había disipado pronto. Conocía bastante la displicencia del joven; pensó que se encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No era la primera vez que María Teresa advertía los celos de Juan, pues consideraba legítimo que un antiguo compañero sintiese ojeriza hacia los que trataban de captarse su amistad. Acaso temía que ella olvidara a los que tenían derechos más antiguos. Encontraba así excusas al mal humor de Juan. Pero era su huésped, y no quiso guardarle rencor; viéndolo, pues, al entrar en el jardín, sentado sobre la hierba a los pies de la señora Aubry, se dirigió hacia él y le dijo con amabilidad:
—¿Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con nosotros los peñascos? Hemos tenido algunos pasos difíciles de franquear; usted nos habría sido muy útil: lamento también que se haya privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de hierbas y de musgos; ha sido un espectáculo grandioso, a la puesta del sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le hacía usted compañía a mi querida mamá, a quien todos hemos abandonado.
Juan levantó sus ojos sombríos hacia María Teresa, y su cólera desapareció, no dejándole más que una herida secreta que sangraría mucho tiempo; él lo sabía bien... La que lo miraba con cara risueña, no sospechaba la turbación que su presencia provocaba. ¡Con tal que no lo supiera nunca! Juan creía que para él era cuestión de honor dejarle ignorar siempre las torturas que padecía a causa de ella.
—¡Qué buena es en olvidar mis estúpidas palabras!—pensaba, y en su confusión habría querido implorar perdón, de rodillas.
Sin embargo, nada pudo contestar; la emoción lo ahogaba, y la joven se alejó antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus sentimientos.
—Es una suerte para mí que me hagas compañía, Juan—dijo la señora Aubry;—hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran distracción; parece que se divierte mucho.
—Tiene razón—respondió tristemente el joven,—en estar alegre y expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire usted cómo está rosada, cómo brillan sus ojos... ¡Ah! que sea siempre feliz, ¡qué importa lo demás!
Durante la comida, la animación fue grande. Platel, lleno de inspiración, no cesó de hablar, y las niñas de Blandieres, algo sobrexcitadas por el champaña, elevaron más de lo razonable sus juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el señor d'Ornay y el flemático James Milk.