—No creo que sea muy grave preferir la compañía de las personas que nos son simpáticas.
—Posiblemente esas personas que son simpáticas no obtienen ese resultado sino gracias al mérito de sus sastres.
—Tranquilícese usted—respondió la joven, que tomó el partido de convertir en broma los reproches de Juan;—me ocupo muy poco de tal asunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de los jóvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buen bailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y como usted está de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo.
Dicho esto, alegremente, con la dulce entonación que le era habitual, María Teresa se esquivó y corrió a reunirse con sus amigas.
Juan tuvo un violento acceso de desesperación, cuando se encontró solo. ¡Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de hacer algunas observaciones ridículas, ¿y con qué derecho? Decididamente nunca sería un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro no le había servido; porque si él, a pesar de su labor de obrero, había permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de nacimiento poseía esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jamás.
Afligido, Juan se sentó al borde de un sendero que baja casi cortado verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde allí dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y podía seguir, por entre las rocas, la marcha caprichosa de las jóvenes y de sus flirts. El traje claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban principalmente su atención.
En cierto momento, pudo ver a María Teresa y a las jóvenes que la precedían, detenidas ante una bajada difícil. Y como Martholl, Platel, Bertrán y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las primeras siluetas finas fueron deslizándose una a una.
Entonces el corazón de Juan latió con violencia. Pero pronto su semblante se serenó; lo que él temía, no sucedió; ágilmente, María Teresa saltó sin la ayuda de nadie.
Por la emoción que había sentido, Juan comprendió que no podía permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dándose cuenta que su mal humor sería la última expresión de lo ridículo, resolvió abreviar su permanencia y buscar un pretexto para marcharse.
El resto del día continuó lleno de tristezas para él. Felizmente, Bertrán como buen camarada, viéndolo aislado y melancólico, vino a hacerle compañía; sin su presencia, Juan habría llorado.