Y la risa musical de María Teresa estalló en un gorjeo, acabando de exasperar a Juan.

—¡Oh! no son ellos los únicos que aprovechan hábilmente «la ocasión...» Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El señor Martholl, ese feliz mortal tan elegante, ¿es tan admirable en su conversación como en su manera de bailar el boston?

María Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado de alma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella más que un amable indiferente, miró a Juan con sincera sorpresa:

—¿Qué tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor. ¿Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted así?

—¿Hay grados, entonces, en el flirt? Explíqueme usted cómo puede uno contentarse con «un poco...» Esta dosis me parece difícil de graduar, sobre todo, de no extralimitarla.

Al decir esto, señalaba con los ojos los grupos dispersos de los jóvenes que marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y James Milk, las de Blandieres con Martholl y Bertrán, y otras parejas más, todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atracción.

Juan, repuso muy excitado:

—Explíqueme usted de una vez lo que es en su justo límite, ese odioso flirt...

—¿El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta de una y que discretamente lo dice.

—¿Realmente? Entonces ¿cualquiera puede disfrutar de sus encantos, de su sonrisa? ¿Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosas que ustedes prodigan? ¿Del mismo modo le dan el derecho de manifestar lo que siente?