Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cada día, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía, embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongar indefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausible para salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habría explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían su carácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de hacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.

María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar de sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Se esforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesar a Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su prima con alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos de Huberto Martholl.

Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentaban el deseo que tenía de huir de Pervenches.

La ocasión que buscaba se presentó en breve.

Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de la Selva Negra.

—Parece increíble—declaraba Bertrán,—que yo no haya ido todavía por allá.

—¿Te diviertes mucho aquí?—preguntó Juan.

—Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?

—Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padre autorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoy seguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios, partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.

—¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiré a mi padre, rogándole que me deje ir contigo.