El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena gana en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.
Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de las emociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de los celos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella no sería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.
En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó un poco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable. Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del joven hacia la vida social.
El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que conducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:
—Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las vacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño. ¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?... ¡Dios mío, Juan ha estado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayas podido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, y considerarse dichoso de que lo reciban aquí.
—¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la sociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre, ¿es ésa una razón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigo abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica despótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoy cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacia nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda afección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muy conmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingrata si mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.
—Bueno, no hablemos más—concluyó Diana;—no quiero arrancar de tu corazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿qué te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club, ¿vamos?
María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas de tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en las villas vecinas.
Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenes reaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con el indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas en tela gris.
Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se reunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido un lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacía los honores, auxiliada de sus hijas.