Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,» jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos por este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.
Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiada conciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre, excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación. ¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luego en el tennis o en el flirt?
Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el specimen más completo de lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy impropiamente en Francia «la educación americana.» Este género de educación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras, desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de las jóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.
La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitaba a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables, los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces ninguno se había presentado como pretendiente.
Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sin dejar de comer sandwiches de caviar.
—¡Qué espiritual es usted!—repetía continuamente al joven literato.—Nadie como usted me entretiene tanto...
—Entonces todo va bien en el mejor de los mundos—aprobaba Platel.—Yo soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos otros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír a usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre encanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiere usted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus amigas?
En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesión de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada. Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cada instante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de sus relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor satisfacción era ser tenido por inglés.
Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de alegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino con James Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir a hacer su corte.
—¡Al fin ha venido usted!—murmuró, cuando estuvo al lado de María Teresa.—Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.