—¿Qué?—dijo ella con sonrisa incrédula.—¿Usted se aburría tanto? ¿Y el tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?

—No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, usted lo sabe bien.

—¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!

—Tampoco, querida señorita...

—Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo he venido aquí a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer honor, nutriéndome substancialmente, a la invitación de mis amigas de Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganará el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman Pablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...

—Está usted segura...

—Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, para después del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de mi amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges y contemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta de sol. ¡Ahí está todo!

—Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por lo que...

—¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.

—¿Una majadería?