—Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me parece inoportuno, falso...

—Le juro...

—¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl! Seamos serios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros amigos, salvo que usted no prefiera...

—Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de oírla...

Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poder conversar mirando el juego.

Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos y claros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.

Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la tarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:

—¡Hemos ganado tres partidas!

—¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!

Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.