—¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida... ¿Dónde está el hermoso automóvil de su amigo?
—No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...
—¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios, según dice el poeta.
María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholl y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel d'Ornay:
—¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a las personas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.
—¡Y sin fatigarse!
—Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy voluble en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco justificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco, pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la hora del baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos que nos cautivan.
Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas alegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia, que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jóvenes dejaban rebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tan impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza, hacia la gracia y la belleza.
Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quien había despojado de su raqueta y de su abrigo.
Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol se sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura y oro.