María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante aquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser, para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba en la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunión con la Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendo comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba en ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñas satisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.

Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar, como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompa solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su compañera, trató de arrancarla a su contemplación:

—¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?

—No pienso—respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,—recibo emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la inmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones que se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Son impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente como los contornos de aquellas nubes.

—Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del sol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más: en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...

María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezas delicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar un ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no se declarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caer en la realidad. Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple, enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría lo que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente, para contenerlo:

—¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacer para indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Será suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo que perdería mucho en el cambio!

—¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por qué he sido completamente conquistado.

—Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...

—Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos, ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera a ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos, ¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibe usted mis atenciones!