—Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...

—¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería! Veamos, deme usted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosas tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted constantemente.

—¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con mis sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer, para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No... no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no lo escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.

—¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo decirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía que completaría este maravilloso espectáculo?

—¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternura las más hermosas horas de la Naturaleza?

—No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted. Quiero que un día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.

María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Huberto empezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.

Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la retiró bruscamente.

—¿No me permite subir con usted a la terraza?—interrogó él.

—No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscando frases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.