Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacían temblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:

—¡Adiós, adiós! querido flirt.

VII

El tiempo transcurría rápidamente para la alegre banda. Todos los días se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automóvil o en coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto no dejaba a María Teresa y acentuaba cada vez más su preferencia.

El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir de Etretat. Todos sentían alejarse después de aquella estación que había corrido tan alegremente.

Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las señoritas de Blandieres se ponían melancólicas.

Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de la partida, Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire triste:

—No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada día me digo: ¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor. Mi madre no se explica cómo puedo permanecer aquí tanto tiempo. Había venido por quince días. Me escribe carta tras carta, llamándome. Yo debía haber ido a buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en la finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con ella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted, exclusivamente usted quien me retiene. De estos días pasados a su lado conservo tal impresión de encanto que no quiero salir de Etretat sin que usted me autorice a verla en París lo más pronto posible. La señora de Chanzelles ¿querrá recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lo desea, dígamelo para que yo no me vaya desolado.

—Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle que tendrá gran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que lamentaría que las agradables relaciones que hemos iniciado aquí, quedasen interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido es para siempre.

—¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me permite tener esperanza, verdad?