—Le contestaré a usted a eso en París, cuando nos volvamos a ver.

—¡Qué largo va a parecerme el tiempo!...

—¿Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy ¿qué diría usted?

—Tiene razón, es usted muy delicada; no tengo el derecho de acriminarla.

Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tomó la mano y la llevó a sus labios balbuceando en un soplo:—¡La adoro!

Aquella noche María Teresa tardó mucho en dormirse. Le parecía oír aún la voz conmovida de Huberto y las frases que había pronunciado. ¿Era, pues, verdad? ¿La amaba, ponía en ella sus secretas esperanzas? La asiduidad que había demostrado durante los meses transcurridos, su empeño en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el proyecto que perseguía. Se interrogó. ¿Le gustaba? ¡Ah, sí! Huberto era elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Sabía que había frecuentado mucho el gran mundo, y, además, la amaba... Seguramente, consentiría de buena gana en llamarse la señora Martholl. Por otra parte, esta unión le aseguraba una existencia agradable. Una serie de placeres envidiables se presentó a su imaginación: recepciones, viajes, yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y sportiva parecían ser las favoritas de Huberto.

¿Por qué de improviso, sin motivo, en la fantasmagoría de los placeres que le prometía aquella unión plausible, según las leyes del mundo, se irguió una imagen un poco olvidada en el espíritu de María Teresa?

¿Por qué el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una asociación de ideas, cuya lógica no percibía, se puso a hacer la comparación entre él y Huberto, y recordó que nunca había visto en los ojos de éste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasión que sorprendía a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jamás había sentido en Huberto la misma expresión de ternura profunda.

Pero ¿qué relación podía existir entre los sentimientos de afección de Juan y el amor de Huberto? No la veía, y, sin embargo, la afección reciente no sofocaba en su corazón el antiguo sentimiento.

En fin ¿si Huberto Martholl pedía su mano, diría que sí? Y sus padres ¿qué pensarían de este joven? Era un desocupado, un inútil. He ahí algo que no le gustaría al señor Aubry. En realidad, parecía que el único objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los días a su club. Lamentó que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia más propensa para cosas más útiles a la vida.