Y echó a correr, cortando el camino a través de los céspedes.
Cuando María Teresa estuvo sola bajo los árboles de la avenida, pensó que un adiós definitivo le había causado a ella también alguna pena. Se sintió turbada y un poco triste al considerar que los días felices de aquella estación tan alegre, pertenecían ya al pasado.
Subía la avenida del parque lentamente, abstraída, cuando sintió caminar a alguien detrás de ella. Maquinalmente se dio vuelta y no pudo reprimir una exclamación de sorpresa al apercibir a Huberto.
—¿Usted?
—Sí, todavía yo. Perdóneme esta indiscreción; pero he visto desde el camino a la señorita Diana que desaparecía tras de los pinos, y no he podido resistir el deseo de verla a usted una vez más, de encontrarme a solas un instante con usted, para darle un adiós menos trivial...
—¿El primero lo era entonces?
—En la forma, si no en el fondo... ¡Siento tanto marcharme!
—¿Tanto?
—Mucho más de lo que pudiera expresar. En usted, señorita, he encontrado el ideal de la mujer soñada por todo hombre deseoso de ver reunidos el encanto, la inteligencia, la belleza y la elegancia. Usted es la más seductora, la más...
—¡Basta, por favor! no prosiga en su enumeración... Vea que me río para no mostrar mi confusión, mi...