—¿Su?... ¡concluya, se lo suplico! ¡Su turbación es tan deliciosa!... Si usted supiera hasta qué punto me hace feliz ese rubor, esa risa que quiere disimular una emoción tal vez más fuerte y más sincera...
—No vaya usted a creer... he querido decir que lamento...
—¿Mi partida? ¡Dios mío! eso podría usted decirlo a Platel, a d'Ornay; no hay ahí motivo para ruborizarse; pero yo estoy triste, profundamente triste al separarme de usted.
—Ninguna partida es alegre; a mí me habría gustado que usted se quedase todavía...
—¿Cierto? ¿Por qué no retenerme entonces?
—Usted se hace un poco exigente respecto a demostraciones amistosas.
—Sí, mis exigencias son terribles. ¿Me permite usted decírselas, puesto que parece no querer adivinarlas?
Pero la leal sonrisa que resplandecía en el rostro de María Teresa desapareció, y con expresión grave, dijo:
—¡Señor Martholl, cuidado! No se apresure a manifestar sentimientos demasiado... vivos. La gran intimidad en que acabamos de vivir todos, podría engañarlo sobre la naturaleza de la simpatía que usted me inspira o que yo le inspiro a usted.
—¿Por qué dice usted eso?