—Porque me temo que usted da demasiada importancia a una atracción, muy real, sin duda, pero cuyas bases son todavía demasiado frágiles para implicar un sentimiento serio.
—Es usted exageradamente juiciosa... Sépalo, señorita: yo no tengo más que un deseo, ahora que tengo que dejarla: el de volverla a encontrar. Y no solamente para continuar una relación agradable, sino porque la adoro. ¡No se retire, María Teresa, se lo ruego!... Sí, yo la amo a usted, y mi más ardiente deseo es el de obtener su mano...
—Por favor, no me diga usted más nada; en París lo escucharé... ¡Quién sabe también si el paseo que va usted a hacer a Valremont no modificará sus ideas!
—¡Qué fría está usted y qué suspicaz! Los sentimientos que abrigo para usted después que la he visto...
—Sí, sí, conozco esas lindas frases; por muy sinceras que sean, hágame gracia de ellas, se lo ruego. No es la hora ni el sitio de decírmelas—se apresuró a añadir la joven, molestada por la actitud apremiante de Huberto.
—Entonces, ¿tengo que esperar para conocer mi suerte?—interrogó él tomando la mano de María Teresa entre las suyas. ¡Reconozca que es un poco duro! ¿Puedo, a lo menos, ir a visitarla en cuanto esté en París, en los últimos días de noviembre?
—Venga usted, mamá lo ha autorizado.
—¡Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se muestra bien dispuesta a acceder a mi petición!—murmuró Huberto apoyando sus labios sobre la fina mano que la joven le tendía para darle un adiós definitivo.
María Teresa, sin responder, desprendió su mano prisionera, y, sonriendo, pasó su brazo bajo el del joven y lo condujo suavemente hacia la puerta del jardín, diciéndole:
—Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa, pisoteando los deberes más elementales de la hospitalidad. Pero es en interés de su estómago. Es tarde y no quiero privarlo de comer, a pesar del gran placer que tengo en oírlo... ¡Adiós!