—¡Seis años ya! Me parece que ayer hacíamos los planos. ¿Recuerdas?
—¡Si me acuerdo! Tu hermana fue el hábil arquitecto y quien dibujó el jardín que lo rodea. Las rosas Niel y las yedras, que plantó contra las paredes, guarnecen ahora las ventanas; no puedo abrirlas sin creer ver a María Teresa con sus delicadas manos llenas de tierra, plantando las enredaderas...
—¡Qué buenos tiempos eran aquéllos! Ella tenía catorce años, tú veintitrés, yo veinte. ¡Qué dulce compañerismo nos unía entonces! ¡Y cómo nos trataba mi buena hermanita! Por tu culpa: ¡tú aprobabas todo lo que ella te decía!
—¡Bah, eran fantasías propias de su edad!
—¿Tú lo crees? Eran caprichos de una déspota insoportable.
—Sí, pero ¡qué corazón y qué sinceridad! ¡Jamás una mentira salió de sus labios! ¡Qué hermosa mirada resplandecía en sus ojos cuando se le corregían sus faltas!... siempre leves. Su inalterable alegría era contagiosa; yo corría y jugaba con ella como un chiquillo. ¡Hermoso tiempo en efecto! Todo eso ha pasado, concluido...
Jaime se mordió los labios para no reír; observó que el sentimiento exaltado convierte a los más inteligentes en seres ingenuos como niños.
—Mi buen Juan, todo el mal proviene de que hemos crecido.
—Tienes razón; cada año me aleja de María Teresa, y así es mejor, puesto que un abismo me separa de ella...
—No veo cuál es ese abismo. Tú, como mi padre, eres hijo de tus propias obras.