—Con esta diferencia, que tu padre pertenece a una distinguida familia; si un día conoció la miseria, antes había gozado de una buena fortuna y vivido en la alta sociedad.

—No hagamos juego de palabras, Juan. Voy a decirte, antes de mi partida, algo que hasta ahora he guardado para mí y que quiero hacerte conocer: siempre he deseado que tú y mi hermana os amaseis.

—¿Estás loco?

—No, no estoy loco. Y la emoción de tu voz me prueba que la mitad, por lo menos, de mi deseo se ha cumplido. Pero, hay que convenir, en que, con tu maldita modestia y tu gran orgullo, nunca llegarás a nada. Cada día te alejas más de María Teresa. La habitúas a no ver en ti más que un empleado fiel, cuando debías hacerle comprender tu gran valor. Tú, que tienes tan buena presencia como cualquiera de los jóvenes que la rodean; tú, en cuanto estás cerca de ella, tomas un aire sombrío y unas actitudes tímidas que te perjudican. Te complaces, se creería, en ser exclusivamente el hombre de la fábrica, cuando no debías olvidar que, educado con nosotros, casi lo mismo que nosotros, tienes el deber de transformarte en ciertas horas en hombre de mundo.

—Pero...

—¡No me interrumpas! Es así como quiero que te reveles a mi hermana. En vez de esto, te alejas de ella, huyes. ¿Cómo puedes esperar que ella te descubra? ¿Piensas que por sí sola, sin que la ayudes un poco, llegará a apreciar tu verdadero mérito, ni comprender al hombre de gran valor que solamente mi padre y yo conocemos?

—Sin embargo, no puedo ir a tirarle de la manga y decirle: ¡Atención, yo no soy un cualquiera!

—¡Eh! ¿Quién habla de eso? Veamos, ¿por qué no has bailado con ella esta noche? Has pasado el tiempo vagando como un marido, de puerta en puerta, para concluir por refugiarte aquí. Esto es absurdo, permíteme que te lo diga.

—No, Jaime, procedo con lealtad. No es posible que yo asuma la actitud que me indicas, sin abusar odiosamente de los inmensos beneficios que he recibido de tu padre. ¿Sé yo el destino que él aspira para su hija? Tengo la confianza del señor Aubry hasta el punto de que me trata como a un hijo; tengo una amplia libertad para hablar con María Teresa veinte veces al día ¿y me aprovecharía yo de estas circunstancias para ir a turbar la paz de su hija, procurando hacerme amar? ¡No, mil veces no! Tanto más, cuanto que esta vil seducción parecería inspirarse en una especulación abominable. ¿No se sospecharía que quiero adueñarme de la fábrica de cristales y convertirme en el sucesor de tu padre, solicitando la mano de tu hermana?

—¡Eres intratable!