No; no se veía con él, al lado del fuego, trabajando a la luz de la lámpara, con niños jugando a su alrededor. Huberto no sería jamás un hombre de casa, capaz de comprender estos íntimos placeres. ¡Y ella habría deseado imitar a sus padres que eran tan felices en su inalterable comunidad! El señor y la señora Aubry envejecían juntos, en una ternura recíproca que los años no debilitaban.
Su ejemplo probaba a María Teresa que no se engañaba ambicionando los goces de la familia. En la tarde de la vida, la felicidad consiste en hallarse juntos; pero para disfrutar de la dulce paz del hogar, no hay que abandonarlo por mucho tiempo, si no el encanto se rompe y la felicidad vuela para no volver más.
El alma fuerte y recta de María Teresa la hacía prudente, aunque estuviese bajo la influencia sugestiva de Huberto, y si inconscientemente prolongaba el misterio de su decisión, era para estudiar a aquel futuro novio y no exponerse a entregar a un ser indigno la hermosa y noble ternura que los corazones apasionados transforman en perdurable amor.
Tanto para dedicarse a estos pensamientos, María Teresa buscaba la soledad, cuanto para huir de su prima, cuyas observaciones la horripilaban, porque acentuaban el lado snob que lamentaba encontrar en Huberto.
Un día que la joven volvía de un largo paseo, encontró a Diana leyendo en el salón, recostada sobre un diván. Esta al ver entrar a su prima la recibió con una risa burlona.
—¡Es posible ponerse en ese estado! ¡Pero si estás cubierta de barro! Dime ¿qué extraño placer encuentras en caminar durante horas enteras sobre la tierra mojada? Dirás lo que quieras—continuó, después de un bostezo prolongado,—el campo es insípido en esta época, y es necesario, para complacerse en él, tener gustos muy extravagantes o... ¡estar enamorada! Felizmente, mi tía acaba de darme una buena noticia; nos vamos después del día de Todos los Santos, es decir el martes. ¡Ya era tiempo! Se me figuraba ser uno de esos vestidos apolillados que se olvidan en los armarios.
—Me gustan tus comparaciones—dijo María Teresa mirando humear sus botines húmedos ante el fuego de la chimenea;—no son vulgares.
—Escucha—exclamó Diana que ya seguía otra idea,—vamos a estar bien ridículas al llegar a París: sombreros de paja en pleno noviembre...
—¡Bah! los reporters de la moda no hacen guardia alrededor de las estaciones como en el Club Hípico.
—Me inquieta un poco el trayecto de la estación a casa, pero no tengo otra cosa que ponerme, y se necesitan varios días para enterarse de lo que se usa y otros tantos para elegir entre las creaciones nuevas.