—¡Puedes estar tranquila! no quedarás deshonrada porque te vean con una toilette que no es de otoño.
—Depende de la persona que encuentre. No quisiera que fuera Martholl, por ejemplo.
—¿Por qué eso?
—Porque constituye, para mí, el árbitro de la elegancia. Es curioso cómo entiende de toilettes femeninas. ¿No has notado que nos mira siempre de pies a cabeza como si fuera un juez en un concurso de belleza? Así es que halaga cuando pronuncia flemáticamente «Tiene usted un lindo vestido» o «Ese sombrero es maravilloso.» A mí me ha otorgado algunos elogios, en este verano ¡pues bien! quedé tan orgullosa de ellos como el día en que gané un conejo, tirando al blanco en la feria de Neuilly, después de haber agujereado seis veces el centro.
—Sin duda, Martholl se alegraría mucho de oírte a juzgar por el efecto que te producen sus elogios; ese joven debe poseer el alma de un gran modisto.
—¿Es con intención de despreciarlo como hablas así? Hay ironía en tus palabras...
María Teresa no se dignó contestar; Diana calló un instante y repuso, mirando socarronamente a su prima:
—¿Quieres que te diga una cosa? Tú eres muy reservada; no quieres hacerme confidencias; disimulas tu juego. Vamos a ver, confiesa de una vez que te ha hecho la corte.
—Si te has apercibido, es inútil preguntármelo.
—Me gustaría saber en qué punto está ese flirt trascendental, y si Huberto te agrada.