—Ciertamente que me agrada; pero no lo conozco bastante para tener un sentimiento definitivo hacia él.
—¿Esperas, para decidirte, verlo en París en traje de ciudad? ¿Temes otra desilusión como la que tuvimos el año pasado, al encontrar de levita y sombrero alto, a aquel Marcelo Mingot que nos había parecido tan bien aquí, con su gran fieltro gris y su elegante traje de ciclista?
—¡No, no! sobre este punto estoy tranquila; de cualquier manera que Martholl esté vestido, ha de ser siempre con el esmero que le vale tantas admiradoras. Quisiera solamente, para tomar mi resolución, ver a Martholl con más frecuencia, para conocerlo mejor.
—¿Sabes una cosa? ¡Pues bien, me ha sorprendido que se entusiasmara tanto contigo!
—Eres muy amable; tu cumplido me conmueve.
—Antes de sublevarte, espera que me explique: Te concedo que tienes todo lo que se precisa, y más de lo que se precisa, para gustar a los más difíciles, puesto que eres rica y linda.
—Rica sobre todo ¿no es verdad?... Gracias ¡decididamente estás dispuesta a hacerme justicia!
—Solamente que—continuó Diana imperturbable,—moralmente, no eres la mujer que le conviene; tú no eres bastante fastuosa ni aficionada al gran mundo. Seguramente, se creería que estás en él, pero, yo te conozco, sé que con frecuencia te sales de él porque no te diviertes.
—¿Entonces?
—Entonces, creo que hay incompatibilidad de caracteres entre ustedes.