—¡Antes de buscarnos motivos de ruptura, sería prudente esperar a que Martholl pidiera mi mano!

—Si no la ha pedido todavía, la pedirá, puedes estar segura, y no veo qué razón te haría rechazar a un novio tan extraordinariamente chic. Anda, no lo dudes, hay muchas probabilidades de que pronto seas la señora de Martholl. Tú no quieres aparecer como aceptándolo muy ligeramente; pero eso es una táctica.

—¡Oh, Diana!—protestó María Teresa;—¿por qué no has de creer en lo que yo te digo?

—¡Pero si tú no me dices nada!

—¿Por qué he de decirte que amo a Huberto cuando todavía no es verdad?

—¡Me gusta ese «todavía» desprovisto de artificios; es revelador!... Querida mía, querría que tomases una decisión. Te confesaré, francamente, que me alegraré de veros casados; primero, porque siendo tú mucho más linda que yo, me perjudicas; después, porque podríamos salir solas. ¡Se acabaron las acompañantes! ¡qué suerte! ¡Sin contar con que tu casamiento pondría en circulación en nuestro mundo a algunos jóvenes más; los amigos de tu marido serían mis amigos! ¿Por qué no he de contar con ellos?

—Esta vez, sí, me explico tu deseo de verme encadenada; pero ¿qué importa, para tus proyectos, que sea a Martholl o a cualquier otro?

—Es que Huberto me place. Lo encuentro muy bien. Cuando vayamos juntas al teatro me gustará tenerlo en el fondo del palco; los hombres como él, hacen valer a las mujeres que acompañan. Es gentleman desde su peinado hasta la forma de sus zapatos, y, al mismo tiempo, tiene una distinción, una desenvoltura... ¡Dios nos preserve del señor vulgar, del maniquí siempre endomingado o de la cabeza de peluquería! ¡Prefiero una cabeza de turco!

—¡Adelante con las comparaciones!... ¡Pero, estaría yo fresca si tomase tus ocurrencias a lo serio! Con tu manía por lo chic y el buen tono, te olvidas de la más noble aspiración: la ternura del corazón que debe identificar al hombre con la mujer. Las exigencias del mundo son muy mezquinas comparadas con ese placer del alma. La intimidad sin amor, sin un amor tan noble, tan dulce como el que une a mis padres ¿qué sería para mí? ¡Un martirio! Permíteme, pues, que reflexione, antes de arriesgar mi porvenir, para apresurar tu emancipación y procurarte la vanidad decorativa de lucir a mi marido en el fondo de tu palco. ¡En cambio, te prometo tenerte al corriente de mis decisiones, puesto que te interesan tan directamente! Pero te pido, encarecidamente, que cuando volvamos a París, no pregones a son de trompeta que soy novia de Huberto, pues no lo soy aún.

—No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es porque no tiene ninguna importancia.