Los Aubry de Chanzelles habían regresado a París hacía un mes. Ocupaban un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas, la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur, frente a los jardines del Luxemburgo, hacían atrayente esta mansión.

A pesar de toda la calma de María Teresa, el tiempo que medió entre el día de llegada y el miércoles en que debía recibir a Martholl, le pareció largo. ¿Qué corazón de joven no se sentiría turbado por la esperanza del amor entrevisto?

Este primer día de recepción, tan impacientemente esperado, llegó por fin.

Hacia las tres, la joven, sola en el salón, gozaba anticipadamente del placer que debía causarle la visita de Huberto. ¿Cómo lo encontraría? ¿Siempre enamorado a pesar de las semanas de separación? ¿Y si no venía? Esta última idea la tenía ansiosa; consultaba la hora con inquietud.

Para disipar su enervamiento, se acercó a una ventana, levantó la cortina de antiguo guipur, y miró hacia el jardín que se extendía ante ella.

En aquel día de sol de diciembre, nada había revelado el invierno ni la Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las plantas, si los árboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como esqueletos descarnados. Una luz clara esparcía sus rayos, y las avenidas hormigueaban de niños alegres, primavera de carne en aquella estación atrasada. Las hojas secas cubrían de manchas amarillas y oscuras la arena de los caminos. Las niñeras adornadas con cintas de mil colores, llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebés, en tanto que las siluetas pálidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro pintoresco que bien podía haber distraído el espíritu de María Teresa del pensamiento que la absorbía; pero la contemplación del Luxemburgo no calmaba su impaciencia. Sus miradas seguían con frecuencia los coches que surcaban la calle, y si alguno de ellos parecía querer detenerse delante de la puerta de su casa, la joven sentía latir su corazón un poco más ligero.

Un buen rato hacía que estaba allí cuando Diana entró silenciosamente en el salón. Se aproximó a un espejo para contemplar el efecto de su vestido de tela roja bordada, pasó una mano ligera sobre sus negros cabellos, y volviéndose hacia su prima, que no la había sentido:

—Y bien ¿qué haces en ese puesto de vigía?—le dijo.

María Teresa se estremeció como sorprendida en falta, pero reponiéndose:

—¡Hola! ¿eres tú, Diana?—respondió sin moverse de su observatorio.—Entras como rayo de sol, sin hacer ruido...