—¿Y qué ves venir?
—¡Nada!
—Espías simplemente la llegada del que esperas.
María Teresa, un poco abochornada, se ruborizó. Entonces Diana se aproximó a ella, pasó un brazo alrededor de su cintura, y miró, a su vez, hacia afuera.
—¿De qué lado debe venir el hermoso Martholl?
—¡Pero si es probable que no venga!—murmuró María Teresa, descontenta de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto.
—¡Eh!—dijo Diana con incredulidad.—¡Que Martholl se olvide de venir, he ahí, estoy segura, una cosa que tú no temes que suceda! Es fácil prever que se hará anunciar al sonar las cinco.
María Teresa recorría el salón simulando ocuparse en arreglar las cosas; removía las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots, levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de té, donde el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmóvil en su puesto de observación, la llamó:
—Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriñar la calle. ¿Ha regresado tu hermano?
—Sí, anteayer.