—¡Qué entusiasmo, papá querido!

—Digo la verdad; Juan es el alma de la fábrica, y me felicito de ello.

Hacía algunos minutos que la señora Aubry miraba atentamente la cara de su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza.

—En fin—aconsejó,—no te fatigues; te encuentro algo cansado desde hace algunos días, sobre todo hoy...

—¡Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortará; no vayas ahora a ponerte cavilosa.

Diciendo estas palabras, el señor Aubry tomó afectuosamente el brazo de su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequeña, y agregó alegremente:

—¡A la mesa, hijas mías!

Por la noche, cuando María Teresa se retiró a su cuarto, se instaló cerca de la chimenea, con un libro; pero su espíritu volaba lejos de lo que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su impaciencia, que no había podido disimular, de volver a ver a Huberto, y en el placer mezclado de angustia que había experimentado al encontrarlo siempre encantador, enamorado, amable, ¡pero tan frívolo!... Por turno se presentaron a su imaginación las caras amigas de las Blandieres, de Platel, de la señora d'Ornay. La de Bertrán Gardanne le trajo bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razón al huésped de los archiduques. «En el gran mundo no encontramos ya, había dicho, más que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la industria.»

¿Entonces Huberto no daba su estimación a los que llegan a la fortuna por la inteligencia y la labor?... Ella, que había sido educada en el culto del trabajo y de la energía individual, ella, que admiraba la obra de su padre, se había sentido ofendida por aquella disposición de espíritu de Huberto. ¿Por qué hablaba con tanto desprecio de cosas respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, debía haber comprendido cuánto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre ¿no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que había ganado ¿no era más honorable aún por haber sido ganada en la industria con su propio trabajo? Pero no, aquéllas eran palabras al aire, de esas palabras insignificantes de que están sembradas las conversaciones sociales.

—Es imposible—se repetía, queriendo convencerse a toda costa,—que un ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su propio mérito al «inútil,» cuyo único bagaje consiste en una línea de abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas.