—Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl.

—¡Ah, ah! ¿ya? No pierde su tiempo ése; sospecho que tiene sus motivos... ¿Se conserva siempre hermoso? ¿Tú no dices nada, María Teresa?

—¡Sí, querido papá! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y ¿no tengo razón?—interrogó la joven con una linda sonrisa.

—Mi querida María Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo modo. Si algún día tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad del señor Martholl, no será seguramente por ese lado por el que miraré... ¡Ah! preveo que esto sucederá dentro de poco tiempo; ¡está muy apurado ese joven! Puede ser que también sea tu opinión, chicuela... ¿Qué debo contestarle? Tú me lo dirás ¿no es cierto?

Hubo un silencio. El señor Aubry se recostó en una poltrona; luego, al cabo de algunos minutos, exclamó, desperezándose:

—Hijas mías, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable; he hecho a la vez de patrón y de obrero. Este diablo de Juan, demorándose en venir, me recarga la tarea. Es que él solo se ocupa de todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme.

—¿Y por qué no lo llamas, amigo mío? Haces mal en fatigarte de ese modo.

—Querida mujer, por la sencilla razón de que Juan tiene que terminar un buen trabajo en Alemania. Además—añadió sonriendo el señor Aubry,—hago cuestión de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera, ¿no sería confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos?

—Nunca creeremos eso, Pablo—dijo cariñosamente la señora Aubry,—pero es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes que puedes confiar en Juan.

—No, no, ese muchacho es más entendido que yo; el discípulo ha sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos últimos meses ha tenido una idea de fabricación casi genial.