—Me gusta, madre querida...
—¿Y bien?
—Es que...
—Veamos, voy a ayudarte, querida mía; ¿sabes si tú le gustas a él?
—Sí... pero esta simpatía que siento por él ¿basta para que me case? No sé todavía si lo amo; me halaga ver que se ocupa de mí más que de las otras jóvenes, y me agradan mucho las galanterías que me dice. Esto es todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado más sólidamente nuestra atracción recíproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una gran desilusión, te lo confieso, querida mamá.
—Entonces, reflexiona bien, hija mía. De la elección que hacemos, depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no te dejes influenciar por ninguna consideración fútil. El señor Martholl parece una excelente persona, es de buena familia, reúne todas las condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si tú te decides en favor suyo, ninguna objeción tendremos que hacer, tu padre y yo; nuestro único pesar sería, sin embargo, que el señor Martholl permaneciese desocupado.
—¡También yo espero que no esté resuelto a pasarse toda la vida sin hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo.
La puerta acababa de abrirse; el señor Aubry entró. Al ver a su mujer y a su hija, una sonrisa iluminó su rostro. María Teresa se precipitó hacia él, y poniéndole su frente a besar:
—Buenas tardes, papá—le dijo.
—Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga mía. ¡Y bien! ¿qué tal ha estado el primer miércoles?