Huberto aprovechó el momento para acercarse a ella y murmurar:
—No he podido conversar con usted; ¿cuándo volveré a verla? ¿Puedo venir antes del miércoles próximo?
María Teresa lo miraba. ¡Qué elegante era, qué seductor! A pesar de la intranquilidad de su corazón, hizo, sonriendo, un signo de cabeza afirmativo, y le tendió la mano, la pequeña mano fuerte y confiada que, si él era digno, le entregaría en breve, como esposa.
El salón, lleno de animación y alegría algunos minutos antes, quedó solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban aún en el aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes.
La señora Aubry, que se había puesto a leer al lado del fuego, volviose de pronto y vio a su hija sentada en un rincón, con aire pensativo.
—¿En qué piensas?—le preguntó.—No debes estar muy fatigada de tus conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado.
—Es cierto, mamá, estoy preocupada.
—Hace algún tiempo que me apercibo de eso, hija mía—dijo la señora Aubry con ternura.—No he querido preguntarte nada; esperaba tus confidencias.
—Tú lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazón, que muy pocas cosas tengo que contarte, creo...
—Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... ¿Huberto Martholl te gusta?