Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates húngaros, archiduquesas y algunos príncipes alemanes, había trastornado la cabeza a este hijo de ricos burgueses, que ahora sentía un verdadero sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con la presencia de testas coronadas, decía:

—Solamente allí puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes señores.

Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, añadió:

—No es como en Francia, donde todas las clases están espantosamente mezcladas.

—Tiene usted razón, querido amigo—aprobó Martholl;—esto ha concluido; nunca más nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo, actualmente, es una aglomeración singular de «rasta cueros» y de advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio más que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en ninguna parte si ejercía el comercio. ¡Por desgracia, todo ha cambiado! El dinero hace abrir de par en par las puertas de los últimos rebeldes. Así es que no me sorprendería encontrar uno de estos días, en el gran mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de caballos.

—¡No diga usted semejante cosa!—exclamó con indignación muy noble la señora de Blandieres, protestando en nombre de todas las señoras que, como ella, hacían profesión de tener salón abierto.

—Por eso—continuó Martholl, con gran pesar de Bertrán, que deseaba contar la historia de una cacería de ciervos, a que lo había invitado un archiduque,—por eso, en Francia, la fisonomía de los salones ha cambiado prodigiosamente. No se podrá citar uno solo donde no haya mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes fortunas en productos alimenticios, farmacéuticos, industriales más o menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradición de la exquisita cortesía francesa que, en otro tiempo, nos señalaba a los ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: ¿qué figura quieren ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una trastienda? No aportan a las reuniones sociales más que un espíritu embotado por la preocupación de los negocios, y no buscan, al frecuentar los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones. ¡Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que conocen todos.

—¡Lo creo!... Nada más que de pensarlo, siento frío—suspiró irónicamente Platel.—¡Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una barrera infranqueable!... ¡Horrible labor, amigo mío!

Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la teoría eminentemente aristocrática de Martholl, surgieron de todos lados; luego la conversación recuperó su curso tranquilo, en tanto que María Teresa sentía aumentar su malestar moral. ¿Por qué Martholl sentía tales cosas? ¿Cómo osaba decirlas? ¿De qué muslo de Júpiter habría salido su familia? ¿Qué noble genealogía de héroes o hidalgos, protegía aquel nombre de Martholl?

El resto de la conversación no fue escuchado por la joven. Un pensamiento desolador absorbía su espíritu. Pero en breve fue despertada por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto, apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecían brotar de los sentimientos más sinceros.