Se sentó en un asiento bajo, casi a los pies de la señora d'Ornay, y miró curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la hizo exclamar:

—¡Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mío! ¿Qué quiere usted inventariar?

El literato transportó su mirada sobre la linda persona que cubierta de terciopelo y azabache, se movía entre crujidos de seda.

—Excúseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que tengo el honor de venir a casa de la señora de Chanzelles; me pongo, pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaución, para mí, indispensable; ciertos muebles me son tan antipáticos, que no podría verlos dos veces, y el más insignificante bibelot me abre horizontes sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores.

—Y bien, está usted contento de mí, ¿volveré a verlo?—preguntó la señora Aubry, riéndose del dicho del joven.

—Sí, señora—contestó Platel, inclinándose,—estoy muy contento; hay en sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la sensación del arte; está el arte mismo. Pero nunca temí una desilusión; antes de venir, sabía lo que iba a ver: la señorita María Teresa no puede sembrar sino belleza a su alrededor.

Hubo un murmullo de aprobación.

Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfacción sin dejar de interesarse por sí mismo, y María Teresa continuaba circulando en medio de esta discreta animación, llevando de un grupo a otro su sutil melancolía y su soledad.

Hallándose en su casa, en medio de sus amigos, ¿qué extraño malestar la convertía en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversación y charla vacías le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo, resonaban en su corazón como golpes de martillo. Su primo Bertrán, provocado por la señora de Blandieres, que dirigía la conversación, con la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos del gran mundo, refería su viaje a Austria, y la acogida que le habían hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendación de su tío Aubry para el embajador de Francia, con quien tenía relaciones amistosas.

El joven, embriagado de grandeza, narraba sus éxitos y la invitación con que había sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de Luxemburgo, residencia imperial.