Mientras la juventud conversaba así, de una manera general, el criado introducía sucesivamente a Max Platel y a Bertrán Gardanne. Cada uno de los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. María Teresa y Diana pasaban y volvían a pasar entre todos, ofreciendo tazas de chocolate, de té, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas, dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se deslizaban.
En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproximó a Huberto:
—La señorita María Teresa es una armonía viva—dijo, mientras su mirada la seguía por el salón.
El joven literato tenía razón. Desde su vestido color malva, hasta sus cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de su voz algo velada, acentuaba más el encanto armonioso de su persona; sólo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza fina.
En medio de todas aquellas jóvenes engalanadas y hermosas, se destacaba como una excepción, tan marcada era la expresión indefinible y casi sobrenatural que el vigor y la elevación de sus pensamientos imprimían a su fisonomía. En ese día nada era más misterioso ni más melancólico que su semblante.
Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atención.
Una voz sonó de pronto en una risa argentina:
—¿Cómo? ¿Platel está aquí y todavía no se le ha oído? ¡es inverosímil!
—Mabel reclama su trovador—exclamó Diana.
—¡Aquí está!—gritó alegremente Platel, avanzando hacia el círculo formado por las jóvenes.