Luego, recuperando su aplomo, y acompañando su frase con una alegre risa comprometedora, añadió:
—Veremos; ya sabré yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno se divierte más, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegría, no permitiré que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo.
Huberto se contentó con decir:
—El hombre es débil, y si usted emplea armas que no se puedan resistir...
—A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el aspecto de una amazona mutilada—observó Diana, indicando con un gesto el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de breitschwantz.
—A propósito de amazona, ¿no han ido ustedes al bosque, después de su regreso?
—No, Bertrán trabaja por la mañana, y Jaime no llegará de Viena hasta de aquí a unos días.
—¡Y yo que recorría la gran avenida todas las mañanas, en busca de ustedes!...—dijo Martholl.
—¿A qué hora va usted?
—Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa; lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable.