Las recién llegadas, Mabel d'Ornay, la señora de Blandieres y sus hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto.
—¡Qué feliz encuentro, señor Martholl!
—Justamente—dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada aparecía entre blondas,—justamente esta misma mañana, yo le decía a mamá, que formaba su lista de invitados para nuestro té: no olvide al señor Martholl, tengo un interés especial en que venga.
Huberto se inclinó.
—Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, señorita.
Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se mantenía en las notas agudas; continuó:
—No me agradezca nada; mi invitación es interesada. De todos mis amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston con usted.
Y al hablar, ponía en toda su personita una gracia risueña capaz de seducir a los más recalcitrantes, lo que no impidió que Martholl le respondiese:
—Siento, señorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero no podré quedarme hasta el cotillón; tengo la obligación de ir a otra tertulia.
—¡Oh, qué fastidio!—murmuró ella contrariada.