—¡Tiene razón él! ¡Aquello era un horror! ¡Cómo me he aburrido cuando se fue todo el mundo! Vivíamos como lobos; no se veía a nadie.

—Por eso mismo me agradaba Etretat—repuso María Teresa.—Me gusta la soledad, la vida contemplativa. ¡Qué descanso verse libre de los indiferentes!

—¿Es por mí por quien dice usted eso?—protestó Huberto.

María Teresa se sonrió con malicia.

—No; a usted lo habría soportado muy bien algunas horas por día. Lo que me gusta después de la estación de los baños, es esa gran calma que permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un placer a otro.

Huberto comprendió que contrariaba a María Teresa no emitiendo opiniones más de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consideró, pues, prudente agregar:

—Es muy cierto que cuando uno está bien instalado en su casa, con libros, el tiempo pasa ligero; además, ustedes montarían a caballo, sin duda...

—No. Como Jaime y Bertrán se hallaban en Alemania, no teníamos a nadie que nos acompañase. Nos contentábamos con dar grandes paseos a pie, y admirar las puestas de sol; eran magníficas, ¿no es verdad, Diana?

—Confieso que no tengo el alma tan poética como tú, querida mía, y que soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas reuniones del Casino.

Un movimiento se produjo en el salón. Las parientas de la señora Aubry se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jóvenes, cuyas toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tímidas, la temible insolencia del lujo parisiense.