—Y bien, ¿no es verdad, acaso?
Para desvanecer la animosidad que sentía nacer entre las dos jóvenes, Martholl, con habilidad, se dirigió a María Teresa.
—No lamente lo que acaba de decir la señorita Diana, pues me ha hecho muy feliz.
—¿Feliz?
—Sí, señorita; porque, sin ella, quizá no habría conocido la confianza justificada que usted tiene en mí. He creído que este miércoles no llegaría nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han parecido contener más días que los otros. ¿Saben ustedes que he experimentado una verdadera sensación de vacío después de haberme separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme atrás, y después, sólo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir a pasar dos días a Etretat. Pero me retenían en Valremont. Mis funciones me hacían indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la fuga.
—Sí, sí, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido mucho—repuso Diana.—¿Había mujeres lindas entre las invitadas?
—Algunas. ¿Y ustedes qué han hecho durante el fin de la estación a la orilla del mar? ¡Aquello debía estar espantosamente triste, cerrado el Casino, abandonada la playa! No conozco nada más insípido que permanecer en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estación de la caza.
María Teresa levantó sus lindos ojos, y dijo sorprendida:
—¿Es decir que usted no se habría encontrado bien en Etretat, por la única razón de que en esa época del año, no es de buen tono quedarse? ¿Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitación para algún castillo, precisamente en la época de la caza?
Huberto adivinó la ironía en la sonrisa fina de su interlocutora; quedó dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia: