—No, tía; mamá está con jaqueca, como siempre; pero Bertrán vendrá a buscarme.

La puerta del salón se abrió. Dos señoras ancianas, vestidas de negro, entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la señora Aubry acogió con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado introdujo a Huberto Martholl.

Diana se inclinó hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo:

—¿No te decía que vendría hoy?

María Teresa, un poco turbada, la escuchó apenas. Seguía con la mirada a Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente ante la señora Aubry. La joven se sorprendió de que no se precipitase hacia ella, y al mismo tiempo comprendía que esta exigencia de su emoción, era incompatible con las reglas del trato social. ¡Qué extraña naturaleza se descubría! Ella misma había calmado el ardor de los sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habría querido que manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepción en vez de una alegría, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de visitante correcto y dueño de sí mismo.

Después de algunos instantes, consagrados a la señora Aubry, Martholl pasó a saludar a María Teresa; ésta, por un esfuerzo de voluntad, recobró su calma habitual, y el apretón de manos que se dieron, fue perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo desaparecer pronto la turbación que se había producido entre ellos. Los llevó al salón chico, bajo pretexto de que la conversación interminable que la señora Aubry sostenía con sus primas de provincia, la incomodaba; instaló a Huberto confortablemente, y exclamó semiseria y semi-irónica:

—Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazón, ¿está en buen grado para nosotras?

—Ciertamente, más que nunca; ¿lo dudaban ustedes? Marca treinta grados sobre cero.

—María Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, ¡dudaba!

—¡Diana!—exclamó María Teresa, realmente ofendida por la ligereza de su prima.