Su mirada erraba por el salón; de pronto, designando sobre una consola Luis XV, un jarrón de cristal verde incrustado de oro, que sostenía un gran ramo de violetas de Parma, exclamó:
—¡Mira qué linda copa!... Juan acaba de mandármela de Bohemia.
—A propósito, ¿qué se hace tu Juan? ¿No lo veremos nunca?
—Está aún en Alemania. Creo que le gusta aquel país, porque no habla de volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontró muy atareado. Mañana, Jaime estará aquí; si deseas otras noticias, él te las dará más frescas.
—Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostaría que se nos va a presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en llamarse señora Durand. Es como para afligir: ¡señora Durand! ¡mamá Durand!
—Todos los nombres pueden ser ridiculizados así... ¿Entonces tú, para casarte, tendrás en cuenta el nombre que llevarán tus tarjetas?
—La verdad es que no me gustaría dejar de ser Diana Gardanne para convertirme en la señora Durand, la señora Dupont o la señora Boucher; se me figura que tendría un aire de vulgaridad espantosa.
—Pues yo, cuando he soñado en las cualidades que pudiera tener mi marido, nunca he formulado el deseo de que esté adornado con un nombre decorativo. ¡Ahí viene mamá!
—¡Buen día, tía!—exclamó Diana.
—Buen día, querida mía—dijo la señora Aubry, besando a la joven.—¿Veré hoy a tu madre?